El Rey y su esclava

Especia
Especia

Por: Rocío Elizabeth Rivera

 

Decía buenas tardes y provecho. Separaba la basura, salud, gracias, de nada. Cedía en la colectiva el asiento y era abstemio; además fiel, aunque más por vanidad que por respeto. ¿Qué reprochar a su comportamiento?, y si hubiera qué, ¿quién lo creería?, las personas, como de la poesía, no gustan de lo cierto.

¿Quién lo creería? Quién pondría el dedo sobre su frente para acusarlo, sino su única víctima.

Ella caminaría sola la vereda más oscura sin reparar en alguna sombra que la persiga. Está tan reducida, tan nimia, que apenas recuerda el propio nombre, bajo el que sirve a Dios y a usted; su miedo, adormecido como su corazón, no la cuida más.

Palabras, instrumentos de doble filo: “pues para eso te casaste con él”, concluye la cuñada, “es que así son los hombres”, refuerza la vecina. “Eres mía”, jura él mientras la acaricia.

Afortunada debería sentirse, habiendo tantos maridos que no tocan a sus mujeres; misma suerte corren al ser otro mueble en casa, mejor aún sin utilizar.

Pero esa caricia que le invade el cuerpo en la madrugada, sin decir buenos días, por favor, ni gracias, está vacía y lastima. Es la mano invasiva de un monarca, dueño y señor de aquella geografía femenina; se hace caber por la fuerza en otro cuerpo. No le interesa si hay deseo ajeno porque ella no es alguien, sino algo, y las cosas están para los hombres. Carne y cuerpo maltratados en la medida precisa. ¿Dónde se guarda el ultraje que no deja huella? Los ojos tristes y el vientre cansado de una esposa no tipifican ningún crimen.

Amanece. Él por fin se va. Buenos días, buenos días, ¿cómo está?, pero ella apenas está. Testifica una gris alegría, la de un día menos en espera de la muerte. Un día menos por pasear lágrimas de la cocina al mercado y esperar un milagro: la huida final del rey que dominará el reino de afuera, para ella volverse dueña del universo que ya es.